FGR confirma entrega del cuerpo de líder del CJNG a sus familiares

El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) se ha convertido en una de las organizaciones criminales más temidas y poderosas de México, consolidando su dominio bajo un liderazgo que ha sabido expandir su influencia a niveles sin precedentes. Con una presencia que abarca gran parte del territorio nacional, este grupo ha logrado posicionarse como un actor clave en el tráfico de drogas, especialmente en la producción y distribución de fentanilo, una sustancia que ha desatado una crisis de salud pública en Estados Unidos y que, cada vez más, deja su huella en comunidades mexicanas.

La capacidad del CJNG para operar en múltiples estados no es casualidad. Su estrategia ha combinado violencia extrema con una sofisticada red de corrupción que le permite infiltrarse en instituciones, desde policías municipales hasta altos mandos de seguridad. Esta combinación de fuerza bruta y astucia ha facilitado su expansión, desplazando o absorbiendo a otros grupos rivales en regiones clave como Jalisco, Michoacán, Guanajuato y Veracruz. En algunos casos, su avance ha sido tan rápido que autoridades federales han reconocido, en privado, la dificultad para contener su crecimiento.

El fentanilo, un opioide sintético hasta 50 veces más potente que la heroína, se ha convertido en el producto estrella del CJNG. Su producción en laboratorios clandestinos, muchos de ellos ubicados en estados como Jalisco y Michoacán, ha generado ganancias millonarias que, a su vez, financian la compra de armamento de alto calibre y el reclutamiento de sicarios. Expertos en seguridad señalan que la organización ha perfeccionado sus métodos de tráfico, utilizando desde túneles en la frontera norte hasta rutas marítimas que conectan con Asia, donde adquieren precursores químicos esenciales para la fabricación de la droga.

Pero el poder del CJNG no se limita al narcotráfico. Su influencia se extiende a otros negocios ilícitos, como la extorsión, el secuestro y el robo de combustible, actividades que le permiten diversificar sus ingresos y mantener un control férreo sobre las economías locales. En zonas como Guanajuato, por ejemplo, la guerra por el huachicol —el robo de gasolina— ha dejado cientos de muertos, muchos de ellos civiles atrapados en el fuego cruzado entre el cártel y sus rivales.

La violencia asociada al CJNG también ha marcado un antes y después en la percepción de la inseguridad en México. Masacres, ejecuciones públicas y ataques a autoridades han sido algunas de las tácticas empleadas para sembrar el terror y asegurar su dominio. En 2020, el asesinato de un juez federal en Colima, atribuido a la organización, evidenció su capacidad para desafiar al Estado de manera directa. Más recientemente, el hallazgo de fosas clandestinas en Jalisco y Michoacán ha revelado la crudeza con la que el grupo elimina a sus enemigos, reales o presuntos.

A pesar de los esfuerzos de las autoridades por desarticularlo, el CJNG ha demostrado una notable resiliencia. Su estructura descentralizada, con células operativas en distintos estados, dificulta su desmantelamiento. Además, su capacidad para adaptarse a los cambios en el mercado de las drogas —como el auge de las metanfetaminas— le ha permitido mantenerse relevante en un entorno criminal cada vez más competitivo.

Mientras el gobierno federal insiste en que la estrategia de “abrazos, no balazos” ha debilitado a los cárteles, la realidad en las calles sugiere lo contrario. En estados como Zacatecas, donde el CJNG disputa el control con el Cártel del Noreste, la violencia no da tregua. Los enfrentamientos entre grupos rivales, las ejecuciones selectivas y los desplazamientos forzados de comunidades enteras son solo algunos de los síntomas de una crisis que parece lejos de resolverse.

El CJNG no es solo un problema de seguridad nacional; es un fenómeno que trasciende fronteras. Su expansión hacia Centroamérica y Sudamérica, así como sus vínculos con redes criminales en Europa y Asia, lo convierten en un actor global. Mientras tanto, en México, su sombra sigue creciendo, alimentada por la impunidad, la corrupción y una demanda insaciable de drogas en el extranjero. La pregunta ya no es si el CJNG puede ser detenido, sino qué tan lejos llegará antes de que alguien logre frenarlo.

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